Por Cristián Pastene, Tea Trainer y representante de Dilmah en LATAM.
Basta mirar una etiqueta para comprobar una paradoja. Podemos saber cuántas calorías tiene un alimento, qué ingredientes contiene y cuándo vence, pero seguimos conociendo muy poco sobre el camino que recorrió hasta llegar a nuestras manos. A veces aparece un país de origen. Casi nunca sabemos quién lo produjo o bajo qué condiciones.
Nos acostumbramos a esa falta de información como si fuera inevitable. Sin embargo, ningún alimento comienza en una góndola. Antes hubo suelo, agua, clima, conocimiento y trabajo. Preguntar por el origen significa volver a poner esa historia sobre la mesa, sin convertir cada compra en una auditoría ni cargar toda la responsabilidad sobre el consumidor.
El 16 de este mes fue el Día Mundial de la Alimentación 2026, su lema fue “Innovar hoy para nutrir mañana”, también puede leerse desde ahí. Innovar no es llenar los envases de códigos o conceptos que nadie entiende. Es acortar la distancia entre lo que se comunica y lo que realmente ocurre, recuperando la conexión entre un alimento y su territorio.
El té permite observarlo con claridad. Su carácter depende del clima, la altura y del oficio con que se cosecha y procesa, pero esa procedencia puede diluirse entre mezclas (de tés de distintos orígenes) e intermediarios. Esto no resuelve todos los desafíos de una cadena agrícola, pero demuestra que preservar el origen es una decisión productiva y no solo una frase en el cliché. Preservar el origen permite que podamos disfrutar de un té con notas de cata, con distintos perfiles de sabor, aroma y apariencia.
El origen no garantiza que un alimento sea justo o ambientalmente adecuado. Tampoco es un certificado. Pero permite contrastar las promesas con los hechos y saber quién debe responder por ellos. Pero cuando hay una denominación de origen, hay una trazabilidad, una identidad en el producto.
Hemos dedicado grandes esfuerzos a saber qué contiene un alimento, pero no los mismos a comprender su historia, su trazabilidad. Mientras esa parte permanezca invisible, la etiqueta seguirá informando mucho sobre el producto y demasiado poco sobre el mundo que lo hizo posible.